La Derecha y los Blancos

 

“Nosotros no estamos ni a la izquierda ni a la derecha de nada. Somos los blancos”
Wilson Ferreira Aldunate.

 

Por Daniel Olascoaga

 

Es conveniente aclarar que no creo en los viejos fetiches de izquierdas y derechas como elementos centrales de las dicotomías políticas.

No baso mis principios e ideas en la ubicación que pudieran tener unos tipos en una cancha de pelota en el Siglo XVIII.
En ese sentido, entiendo que hay otros cortes de la sociedad.
Hay visiones del mundo referidas a como ver la política que no se adaptan a este tipo de divisiones.
De todos modos, y aún admitiendo que en la sociedad de hoy -o más bien, los formadores de opinión- reclaman que estos posicionamientos puedan ser tomados como punto central de referencia, el propio significado de esos conceptos es absolutamente subjetivo y depende de quién o donde se expresa.
Lo que ha primado, en especial en nuestro país, son los prejuicios y las campañas machaconas.
Una batalla cultural de manual, mezcla rara de Gramsci y Goebbels, donde aquellos que en nuestra militancia juvenil llamábamos de forma casi despectiva “izquierda tradicional”, se encargaron de etiquetar permanentemente a los otros como “la derecha”, auto proclamándose “la izquierda”.
En definitiva, un mito.
¿A qué viene este cuento?
No a discutir quien está más a la izquierda, o si los que se dicen estatistas han privatizado más, o han sido más o menos proclives a la inversión extranjera, o quien más ha hecho por las políticas sociales.
Ese debate se puede dar, sin ningún tipo de complejos.
Viene a que esa campaña de años, que pretendió situar en un lado de la cancha de pelota parisina a unos, y en el otro a los demás, terminó por confundir, incluso, a quienes no nos sentimos arte ni parte de esa división.
Los blancos, “somos los blancos” -diría Wilson- y “que otros se pongan las etiquetas que quieran”.
Allá por el fin de su exilio, nos decía:
“En cuanto al rótulo de izquierda, es bastante ambiguo, porque a menudo evoca puras emociones y realidades no muy concretas, y también porque bajo esa denominación de izquierda se está aludiendo a los sectores más progresistas de la sociedad, y yo no estoy dispuesto a aceptar que haya ningún partido político más progresista que el mío, en mi país”.
Sin embargo, confundidos por la campaña a la que referíamos, y azuzados por un enfrentamiento de larga data, hay compañeros que han asumido la identidad que nos propone el adversario, es decir, entender que “la izquierda” son ellos y que “la derecha” somos el resto de sus opositores.
Pobre Wilson, si llegara a escuchar semejante cosa, justo él que siempre se sintió orgulloso de que el partido bajo su liderazgo fuese considerado una fuerza progresista y siempre combatió a los “derechistas” de adentro y de afuera.
Recordemos que nuestro país las alianzas políticas han sido fluctuantes.
No caben dudas que el wilsonismo, sin perder identidad ni objetivos, tejió acuerdos que permitieron que el “Toba” Gutiérrez Ruiz fuese electo presidente de la Cámara de Diputados tanto en 1972 como en 1973.
También es claro que durante la resistencia a la dictadura, desde un principio hubo manifestaciones conjuntas del Partido Nacional y del Frente Amplio y durante el exilio del caudillo, con idas y venidas, hubo coincidencias y desencuentros, pero el objetivo primario, que era la recuperación de las libertades, no admitió titubeos.
Pero vino la maniobra Sanguinetti-Seregni, que terminó en el “Pacto del Club Naval”, y allí las diferencias se volvieron irreconciliables.
La ley de caducidad marcó un segundo escalón de distanciamiento y las posiciones se radicalizaron.
Con estos elementos, la batalla cultural se agudizó, y el etiquetamiento de las derechas y las izquierdas terminó por establecerse, sin demasiada lógica diríamos (aunque pudiéramos llegar a reconocer algunas ideas o comportamientos reputados de derechistas en sectores del Partido Nacional), esa dicotomía ha contaminado a propios y ajenos.
A esto deberíamos agregarle la falta de formación de cuadros políticos, cuya única experiencia ha sido dentro de esta realidad virtual, y que han terminado asumiendo como propia la identidad que, desde afuera, se pretende asignarles. No solamente se creyeron que “son la derecha”, sino que terminan asumiendo posiciones “de derecha”.
Así encontramos oximorones tales como “wilsonistas” de derecha, “herreristas” pro yanquis o hasta “nacionalistas”, que a contrapelo de toda definición partidaria, terminan justificando la presencia británica en las Islas Malvinas.
Al decir de un líder partidario, “no leyeron ni El Gato con Botas”.
Se trata de una derrota cultural, de la imposición gramsciana de una cultura basada en falacias, y contra la cual solo la formación política a mediano y largo plazo puede actuar como antídoto.
Es una batalla pendiente, sin dudas, la que deberemos dar para que no sean los otros los que nos digan como actuar, y que los nuestros no asuman que deben pensar de acuerdo a la caricatura que el adversario presenta de nosotros.
A cuenta de profundizar en los temas específicos en próximas entregas, al menos digamos en voz alta y clara, que no somos “la derecha”, ni nuestros principios programáticos coinciden con esa calificación.
Así que no se engañen.
Pero por sobre todo, no nos engañemos nosotros mismos.

Author: diadmin

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2 Comments

  1. Muy bueno Daniel!!! Excelente y útil para ubicar y situar la realidad

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