Porqué me estafaron

Por Silvia Etchamendi

Yo fui votante del Frente Amplio. Sí señores. No puedo negar mi pasado, aunque sí renegar de él. Aquí, un intento de buscar las razones que me llevaron a eso.
Crecí en una casa de clase media, con padres de origen obrero, en un Uruguay que ya no existe. Soy del ’63, así que cuando se dio el golpe de estado tenía diez años.
Hasta 1973 fui a la escuela pública (igualitaria, con desayuno para el que lo necesitara, limpia, con excelente nivel) y cuando empezó la dictadura nos cambiaron a un colegio privado: en la evaluación del primer día saqué la nota máxima.
Así eran las cosas por entonces.
Viví con curiosidad primero las corridas, los gases lacrimógenos que impedían que saliéramos de la ACJ, los paros de los maestros, las noticias de los secuestros, los comunicados de las fuerzas armadas con su música tan característica, y luego a medida que fui creciendo noté con rabia las limitaciones a la libertad, los rumores de la gente que estaba presa, que emigraba, que enterraba libros.
Las camionetas militares omnipresentes, la prohibición de libros, películas, canciones, la designación a dedo de los presidentes y la farsa del consejo de estado.
Mi padre provenía de una familia Nacionalista (la leyenda familiar decía que mi abuelo paterno había peleado en Masoller, aunque no lo llegué a conocer).
Mamá contaba que nunca había visto tan contento a su suegro como el día que ganaron los Blancos, que se acicaló –era un veterano muy coqueto, según decía ella- y se fue al “club” de la entonces calle Sierra, hoy Fernández Crespo.
Por su parte, mamá era colorada, sin más (volveré a esto).
Mi padre se definía por entonces (alrededor del ’71) como de “zurda moderada”.
Era todo un personaje, técnico de fútbol exitoso, autodidacta, muy inquieto intelectualmente.
Y si bien no me consta que votara al FA, creo que por sus orígenes obreros nos decía cuando mi madre nos mandaba en los paros al colegio: “Ustedes díganle a la maestra: Señorita: usted es una carnera”.
En esa ambigüedad me crié.
Mi padre murió cuando yo tenía 13 años, en 1976. Un año nefasto para mí y para el país. Todo cambió para mal. A nivel nacional fue una catástrofe. Un antes y un después que nos persigue hasta ahora.
Fue entonces que empecé a leer la biblioteca que papá había dejado.
Tenía de todo.
Clásicos, Latinoamericanos del boom, El Ciclo Artiguista de Reyes Abadie, biografías de Sarmiento, anarquistas, y a Galeano, …a Galeano: las célebres Venas abiertas de América Latina. Y me lo devoré.
Lo leía una y otra vez, al punto que me expresaba como él escribía.
Los intelectuales de entonces tuvieron mucho que ver con el camino político que tomé. Hay que decir también que los grandes escritores del momento (García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar, eran todos de izquierda por entonces…).
En mi entorno familiar no había gente politizada (mi madre se limitaba a votar y a hablar mal de comunistas y tupamaros, que eran anatema para ella –¡Qué visionaria!-).
Por mi parte, con esas lecturas y porque además la dictadura me parecía intrínsecamente injusta (encontraba y leía en clase artículos de las Instrucciones del año XIII que me regocijaban: “El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos“, para preocupación de las profesoras, que luego, en privado, me decían que estaban de acuerdo, pero que no lo podían decir en público)…
Me daba cuenta de que la justicia estaba toda en la Constitución, y me empezaron a parecer justas las ideas de izquierda.
Y así llegué a los 17 años.
Viviendo en un entorno apolítico, yendo a un colegio católico -en el que no se hablaba de política tampoco-, cuando llegó el plebiscito del 80. Si bien no votaba aún, recuerdo como disfruté el debate en TV entre Enrique Tarigo, Pons Echeverry y el entonces Cnel. Bolentini.
Era la primera vez que les decían unas verdades a los militares en público.
Inolvidable.
Y aunque tímidamente, se veía cierto movimiento político ya. Hasta entonces, en Uruguay no volaba una mosca: el verso de la resistencia que después vendieron tan convenientemente es eso: un verso (eso lo veo ahora).
Y muchos de esos versos fueron los que yo compré alegremente.
Los presos políticos (después vería que en realidad a muchos no se les debería haber dado esa categoría), eran todos de izquierda (aunque yo sabía que todos provenían de los partidos tradicionales); supongo que el discurso de los militares de la corrupción de los políticos también permeaba la conciencia (¡Los autos baratos! ¡La Infidencia!).
Era una época de aridez total.
Había poquísimos cines, la TV funcionaba unas seis horas, los libros y mucha música estaban prohibidos…
Y así, llegué solita a cometer mis propios errores.
No tenía edad para votar en el plebiscito del ’80, pero disfruté enormemente el resultado (aunque no se pudo festejar).
Aún guardo una papeleta que alguien me consiguió.
En las elecciones internas vote en blanco (“sobre-vacío-cerrado”), porque no me parecía justo que hubiera partidos o personas proscritas.
Empecé la facultad, empecé a asistir a las reuniones del gremio (sin afiliarme a ningún partido, a Dios gracias –coqueteaban conmigo los bolches, los tupas).
Lo divertido (lo “cool” diríamos ahora), era ser de izquierda. Parecían más justos, organizaban candombailes, se animaban. Se hizo la marcha de la primavera de Asceep-Feuu y por primera vez asistí –maravillada- a una manifestación. Fui al Obelisco, iba a las pequeñas reuniones que organizaban los partidos, escuchaba -con miedo- onda corta. Y de golpe, tenía una bandera del Frente Amplio entre mis manos.
Y seguí yendo a cuanta reunión o concentración hubiera. De todos los partidos, pero yo con mi bandera. Fui a todos los actos de cierre.
Fui a Casa de Gobierno cuando se iba el Goyo Álvarez. Fui a 18 de Julio cuando asumió Sanguinetti. Escuché con emoción como se levantaba la proscripción a los partidos. Fui a recibir a Wilson (se podía llegar hasta Agraciada). Fui a ver a las presas políticas cuando las liberaron de Cárcel Central, fui –ya en democracia- al debate por la Amnistía (hoy en retrospectiva, ante muchas de esas idas y venidas me agarro la cabeza).
Fue una gran decepción para mí que ganara el Dr. Julio Ma. Sanguinetti.
Todo hay que verlo en el contexto histórico.
Parecía que íbamos a tener más de lo mismo, y todas las banderas que enarbolaba el FA (“No al pago de la deuda externa”, “No al FMI”, “Justicia Social”, Educación, etc.) iban a quedar por el camino. Ya entonces la prensa de izquierda repetía machacona que Sanguinetti había sido ministro de Educación, que Bordaberry era de origen Blanco, y después fue Colorado. Se hizo la reforma por la cual se instaló el ballotage, que me pareció en su momento una maniobra para que no ganara el FA.
Y finalmente, ganó el Frente Amplio.
No fui a festejar, pero miré la excelente transmisión por televisión. Estaba contenta. Pero la alegría duró poco.
En la primera afrenta a la Constitución, cuando se vio la vileza y avidez por cargos, puestos, cuando vi que se hacía lo mismo y peor, mucho peor de lo que siempre se había denunciado, me di cuenta con estupor que me habían estafado.
Y aún peor: caí en la cuenta de que no eran en absoluto democráticos: que para ellos las dictaduras no eran buenas, salvo que fueran de izquierda. Fue muy duro.
Años creyendo que eran la panacea (y también mirando al costado ante las señales de autoritarismo, de falta de respeto a los valores democráticos ¿Porqué? No lo sé), para darme cuenta que eran unos estafadores.
A la siguiente elección voté anulado. Con una vez me alcanzó.
Poco después ya mayor, ya opositora, puse una librería y tuve la oportunidad de leer todo lo que se había escrito sobre los Tupamaros y sus “gestas”; como ya había leído mucha historia me di cuenta que, por ejemplo, las condiciones de encarcelamiento (sacando las torturas), eran infinitamente mejores que las de los presos comunes actuales; leí las actas tupamaras y supe que en realidad eran unos payasos; pero muy peligrosos.
Pero me costó tiempo y vida ver que quienes había hecho grande este país fueron los PP. TT.
Me costó mucho. Le costó mucho al país que personas bien intencionadas como yo creyeran en una idea que vestida con ropas democráticas, nunca lo fue. Siempre digo que aprendo lento, pero aprendo.
¿Y porqué cuento todo esto?
Porque para ganar hay que conquistar cabezas con ese background. Porque la mayoría de los votos son prestados. Porque de ninguna manera digo que haya que descartar las tradiciones, y con todo respeto digo que fuera del núcleo duro de cualquier partido, para ganar hay que conquistar votos de otros.
Y a muchos ciudadanos (y votos), les rechina el “Blanco como güeso de bagual”; “esta Blanca no vota a los colorados ni muerta”, etc.
Muchos, que provienen de otras tiendas, que no conocen la historia, o que simplemente se mueven o interesan por la política solo cuando hay que votar, viven eso como un enfrentamiento futbolístico, sin mayor contenido.
Debemos convencer a la gente de que la mejor opción (la única) para salvar y refundar al país es el Partido Nacional.
Dice Sandor Marai que de todos los procesos revolucionarios o dictatoriales se saca algo bueno cuando caen.
Que si hay un líder adecuado, se puede generar jurisprudencia a partir del desastre.
Con toda humildad, acompañaré en todo lo que esté a mi alcance ese camino de reconstrucción.
Y para mi consuelo, o disculpa, les recuerdo esta frase cuyo origen cierto no pude determinar, aunque se le atribuye a Churchill:
«Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 siga siéndolo, no tiene cabeza”.

 

NB: los subrayados son del editor

Author: diadmin

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2 Comments

  1. Excelente… la historia de muchos.

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  2. Que decir de Silvia ETCHAMENDI un ejemplo a tomar para varios políticos. La política es esto, la historia de Silvia. Te felicito por tu sinceridad.

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