El Universo del desparpajo

Por Belmonte de Souza

En este 2018 se cumplen cien años de que un escritor ruso, de nombre Yevgeni Zamiatin empezara a escribir una novela, que años después se publicara en el Reino Unido con el título de “Nosotros” y fuera de superlativa trascendencia, en tanto fue la primera en introducir el género “distópico”.
Distopía es lo contrario a Utopía. Es la antiutopía. Mientras una es un proyecto o plan de futuro en que los seres humanos son felices, viviendo en paz, con justicia y con todas sus necesidades satisfechas (claro está que este plan o proyecto es de muy difícil o imposible realización), la otra es exactamente lo opuesto.

Es la representación de un futuro de ficción en que los hombres son muy infelices, no tienen libertad ni privacidad, viven en una sociedad en que la cultura se erradica a través del totalitarismo y son manejados por un pequeño grupo de poderosos gobernantes quienes a través de la ciencia y la tecnología los vigilan, ordenan, mandan y esclavizan.
Fue precisamente este escritor ruso, originariamente bolchevique y de intensa participación política en los primeros años del siglo XX (preso y desterrado por los zaristas), el que una vez ganadora la Revolución de 1917 empezó a avizorar y prevenir un mundo muy desalentador. En este universo de ficción su imaginación intuyó un Estado con un gobierno controlador de todo, negador de la libertad y la mínima privacidad a todos.

La novela se terminó de escribir en 1921, cuando Zamiatin ya le había visto las patas a la sota al comunismo que el mismo había preconizado. Parece de Perogrullo señalar que esta obra le trajo muchas dificultades y persecuciones, y que la misma estuvo prohibida en la URSS hasta el año 1988. Pero su importancia fue tal que resultó ser una publicación de culto, precursora e inspiradora de varias excelentes novelas de ciencia ficción.

Basta nombrar a tres clásicos: «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, «1984» de George Orwell, y «Fahrenheit 451» de Ray Bradbury. Todas y cada una de ellas consolidaron con maestría el género distópico y sus autores rindieron tributo al ruso.
Y aunque parezca mentira, ninguno de estos novelistas genios de la ciencia ficción pudo prever un universo futuro en que un senador comunista se colocara como defensor y reivindicador de los derechos de homosexuales discriminados o que el reconocer la existencia del derecho de propiedad fuera antidemocrático como nos enseña Constanza.

Y pese a que no sospecharon jamás la existencia de un gobierno frenteamplista, si puede decirse que de alguna manera auguraron o imaginaron un gobierno controlador, omnivigilante, asfixiante, con cámaras de reconocimiento facial, en que no se pudiera pagar con el papel moneda de curso legal y obligatorio en el país un impuesto en Canelones, tampoco pagar en efectivo por cargar combustible en la noche.

Y aunque expresamente nunca llegaron a tanto, también podría concluirse (aplicando un criterio analógico) que imaginaron que para comprar un entrada al fútbol hubiera que hacerlo acreditando la identidad en una red de cobranzas.

El desmesurado y opresor desarrollo de la burocracia como de toda la operativa bancaria. Las declaraciones y trámites para intentar comprar o enfrentar pagar algo, que los pagos de sueldos y alquileres solo se pudieran hacer a través de cuentas bancarias y demás.

Hasta me atrevería a decir que en el fondo sabían que iba a existir una ley de bancarización.

De lo que si no caben dudas es que, en esos universos distópicos que imaginaron y crearon, encontraron la propia esencia de la infelicidad de la gente, agobiada, desculturizada, pauperizada, estafada, violentada, despojada del pudor y la privacidad y todavía en algún caso dócil, como exteriorizando otro síndrome, el de Estocolmo, ante los captores y raptores de sus derechos fundamentales.

Pero tengo que forzarme a recordar que todo esto venía a referir al desparpajo, ese en que caen empecinadamente los actores de este gobierno. A los universos de ficción al que nos intentan conducir, a las mentiras que permanentemente han instalado mientras pretenden posicionarse como custodios de la verdad a través de la redes. Pero incluso a preguntarse, en serio, cómo es, cuál será ese universo paralelo en que habitan.

Cómo y quién puede entender que en el mundo de la democracia la propiedad privada es algo contradictorio que va a contrapelo. ¿Qué otras sorpresas podrá contener este mundo de ficción, este universo paralelo que habita el pensamiento de Constanza? Es difícil imaginarlo. Quizás me arriesgue a aventurar que no tenga champú. No se. En el próximo intentaremos desentrañar el de Otheguy

 

Author: diadmin

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