Nuestro pecado

Por Belmonte de Souza

No les creímos. No era sensato hacerlo. Cuando a fines de los 60 nos contaban sus planes de revolución, nos parecían cabezas afiebradas contagiadas por el virus ideológico de aquel tiempo.
Cuando hablaban de infiltrar obreros y estudiantes nos pareció que no les iba a servir pero ellos seguían como alienados con lo de la conciencia de clase y la hegemonía cultural.
Nos sorprendían un poco cuando nos juntábamos a cantar, y entre ellos nacía una especie de comunión entonando el te recuerdo Amanda. O lo de los Camilo Cienfuegos dispuestos a combatir. O a desalambrar. Y no solo no les creímos, sino que nos adaptamos a ser discriminados.
Sí. Ese es el término.
Discriminación, aunque suene a reivindicación actual de la patota vergonzante.
Porque empezaron a hacer abuso de una gran soberbia intelectual, menospreciándonos por no compartir su entendimiento, su fe y su dogma.
Eran los únicos que la tenían clara en todo.
Habían descubierto la leyes de la historia y ya sabían lo que iba a pasar, como la desaparición de la propiedad privada.
Y así nos fuimos adaptando, con una resiliencia extraordinaria.
Éramos minoría en la facultad, bichos raros mirados con cierta lástima por ser blancos y no con el odio que reservaban a los pachequistas.
Y muchas veces nos unió el gobierno de la dictadura.
También ignoramos y disimulamos otros tipos de discriminación. La cultural.
Porque lo intelectual estaba reservado únicamente para quienes comulgaran en su dogma. La social. Porque era muy difícil integrarse a un grupo, ir a un teatro o a un tablado y no sentirse sapo de otro pozo. Y nos sigue pasando a todos.
¿Qué blanco no se ha sentido discriminado simplemente como espectador de carnaval? ¿Cómo tratarían esos ingeniosos y a veces tan inspirados letristas a un gobierno que concentrara lo que pasó en Ancap, Pluna, Regasificadora, Puertos de Aguas Profundas, Aratirí, Botnia, Casinos, Fondes, Conaprole y me rehuso a seguir, si no fuera un gobierno de ellos?
Pero nunca les creímos.
Cuando repetían aquel eslogan de “el que no cambia todo, no cambia nada” nos parecía ingenioso como caballito de batalla, pero inalcanzable como meta.
Nunca tomamos en serio que pudieran destruir las instituciones que ellos consideraban burguesas, inútiles y perimidas. Como el parlamento del Poder Legislativo, la justicia del Poder Judicial. Todo era para ellos parte de una superestructura destinada a oprimir al proletariado.
Por eso hablaban de cambiar todo, romper todo.
Nunca pensamos que podrían meterse y modificar el entramado de nuestra idiosincrasia. Aquella ancha y abrumadora clase media, de firmes convicciones y principios que le marcaba el pulso al país.
Con valores y arraigada en el trabajo, parida por una igualadora escuela primaria como jamás volveremos a tener.
Ahora la pregunta es cómo fue que no les creímos.
Porqué no escuchamos si nos advertían. Y lo hicieron. Rompieron todo. Fragmentaron la sociedad. Destruyeron la educación y no quedan rastros de aquella escuela. Robar o traficar es el modelo a seguir por la niñez de medio país. Bastardearon el parlamento y la política. Colonizaron la Justicia haciéndola genuflexa. Atentaron contra la naturaleza y la razón. Nos toman el pelo.
Ponen de Ministro del Interior -para mantenerlo a capa y espada- justo al que había matado policías. Desarticulan lentamente a las Fuerzas Armadas no sin antes preguntarles para aprender de sus estrategias y tácticas (no resultaron útiles algunos cursillos y masters en el exterior).
Hoy nos toca cosechar la desesperanza que sembraron. El descreimiento. La gente piensa que ya no va a pasar nada. ¿Cuál es la importancia de 13 o 15 millones de dólares del Fondes, si ya han desaparecido miles de millones? Si es el mismo parlamento el que barre para abajo de la alfombra creyendo que transformará en secreto un negociado infame. Si un diputado y la Central Obrera apoyan con dinero de todos y su cómplice venezolano, a una empresa fantasma e inviable haciendo que los obreros trabajen “en negro”.
Juan Pueblo se encoge de hombros, piensa que acá no va a pasar nada y opina que son todos lo mismo.
Parece ser el tiempo de que la oposición esté a la altura de la circunstancias.
Debe ser el fin de la aceptación, la resiliencia y el mas o menos.
Mucho nos dejó aquella escuela primaria cuya imagen hoy es un recuerdo sepia.
Y de aquel aprendizaje, la devoción artiguista.
Porque “La causa de los Pueblos no admite la menor demora”.

Author: diadmin

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