La Revolución de verdad

Por Belmonte de Souza

Los otros días oí que un dirigente sindical le retrucaba a Lacalle Pou el haber dicho que –en caso de ser electo- no compartiría su autoridad con los sindicatos.
La respuesta fue algo así como que “no le vamos a pedir poder, tenemos el propio” y vino desde el mismo trono hereditario que ocupa desde hace muchos lustros la dinastía Marx, que ahora tiene a Fernando Pereira de mandamás.
Parece que le dio por seguir diciendo cosas, algunas que no pude descifrar si fueron en serio o en broma (me juego a un simple sarcasmo) como que la actividad sindical “es independiente y autónoma” a cualquier partido político y a dar consejos sobre lo que es bueno o malo para la democracia de la que se autoproclamó defensor, tanto como de los derechos de los trabajadores.
Si, definitivamente fue sarcasmo.
Felizmente pude lograr contener la reacción inicial, opté por empezar a darle vueltas a la cosa y guardar un ponderado tiempo de silencio.
Primero porque pensé que algún dirigente partidario mejor aspectado recogería el guante y daría una respuesta justa y mas apropiada a la que yo querría escupir.
Segundo porque el paso de esos instantes trajo mas calma y con ella la memoria del consejo de una vieja tía de nombre Celmira que me decía: “Será bruto si, pero no ha de ser del todo burro y no tiene un pelo de zonzo”.
A eso siguió la máxima de que somos sabios de lo que callamos y esclavos de lo que decimos, para al final desentrañar el pensamiento tranquilizador que aplacó mi necesidad de verdades.
Somos el país que mas festeja, celebra, convoca y hasta disfruta, a la nostalgia.
Entonces claro, la ideología marxista y el pensamiento del Partido Comunista, que han sido económica, política y filosóficamente fusilados por la historia tienen que tener en este “Tontovideo” vintage de 1890, un corazoncito que los abrigue y anime a latir.
El fusilamiento resultó bastante tardío, ya que el flagelo había matado mas que Hiroshima, Nagasaki, Vietnam, Mussolini, Hitler, la colonización española en América, la inquisición, las Cruzadas y la muralla china (todo junto) y fue solo comparable a la peste negra.
Pero, echándole la culpa a la nostalgia por lo menos un poco, me fui conformando.
Hace rato que insisto en que ya es tiempo de hacerle frente a la mentira.
Esa que han instalado desde hace mucho y que les ha sido de enorme utilidad y está referida a la hegemonía cultural que lograron imponer.
Confieso que es un tema que puede parecer engorroso.
Por eso no he pasado de hacer esbozos del mismo, pero nunca el encare frontal y directo.
Y ya pasó a ser una especie de espina que no termino de arrancarme y me pincha una y otra vez.
Y siempre vuelvo, como lengua a la caries, a buscar eso que está molestando y tendría que dejar quieto.
La hegemonía cultural es un concepto marxista y el mayor punto de contacto entre Lenin y Gramsci.
Éste sostuvo que las normas culturales vigentes de una sociedad son impuestas por la clase dominante (hegemonía cultural burguesa), de manera que no deberían percibirse como naturales o inevitables, sino ser reconocidas como una construcción social artificial y como instrumentos de dominación de clase.
Estas normas o pautas culturales impuestas por quien detenta la hegemonía son tan abarcativas y omnicomprensivas que imponen a una sociedad culturalmente diversa su cosmovisión, creencias, moral, explicaciones, percepciones, instituciones, valores o costumbres y se convierte así en la norma cultural aceptada y en la ideología dominante, válida y universal.
Romper con la hegemonía de la concepción burguesa fue la prioridad del marxismo.
Esa es la razón por la que en nuestro país -y como señalara- desde hace mucho mas de medio siglo, coparon la universidad, las facultades, los centros estudiantiles de secundaria, y todas las áreas de la enseñanza, los cantantes, los artistas, los artesanos, los periodistas, la televisión, el teatro, los actores, bailarines, el carnaval, los músicos, las sociedades de fomento, los clubes sociales, los ámbitos que fueren y todos los sindicatos propendiendo a la creación de una central única, y las únicas discusiones posibles eran si el método de la revolución proletaria tenía que ser violento o no, según las condiciones dadas.
Así lograron destruir la hegemonía burguesa e implantaron la propia, para lo que necesariamente destruyeron todo lo que conformaba y sustentaba la otra.
Claro que sin parecer los culpables de hacerlo y mucho menos de asumir ante la sociedad la responsabilidad por lo roto.
Ya hablamos de esto en otras notas, de como tuvieron para cumplir sus objetivos que destrozar la educación y enseñanza, la salud, la clase media, los valores, etc.
También de que hicieron a los pobres mas pobres, porque la fragmentación social la transformaron en una realidad espeluznante.
Ya no habrá ningún otro presidente de la Teja hijo de padres laburantes como el que pusieron ellos dos veces, eso formó parte del país que rompieron.
Fomentaron la droga hasta por ley y tenemos el mayor número de intentos de suicidio infantil de la región y la mitad de los casos es por abuso sexual de padres consumidores.
Estimulan a los chorros y los tienen en condiciones de detención infrahumanas para que cuando salgan tengan el suficiente odio para reincidir.
Meten preso a uno por llevar una pancarta pero a unos cuantos que de cara tapada rompen cuanto encuentran en el centro de Montevideo ni los prenden ni los tocan ni los identifican.
Claro, protestaban contra el G 20.
La hegemonía cultural fue llamada por el sociólogo Pierre Bourdieu violencia simbólica, porque el poder de dominación de la sociedad se convierte en la norma cultural aceptada y en la ideología dominante, válida y universal.
En buen romance, quien detente la hegemonía cultural será quien ejercerá el poder.
A ver, este trabalenguas significa que Lacalle Pou podrá ganar el gobierno, pero el poder seguirá en manos de quien ejerce la hegemonía cultoproletaria.
Después de todo venía a tener bastante razón la tía Mira, bruto si, pero ni tan burro ni un pelo de zonzo el del trono del PIT-CNT.

 

Author: diadmin

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