Venezuela: lo que está en juego

Por Enrique Martínez Larrechea

El régimen de Venezuela es producto de un golpe de estado dado en cuotas, ante el triunfo de la oposición en la elección de la Asamblea Nacional en 2015.
Desde entonces, el régimen fue armando el tinglado de elecciones amañadas, con proscriptos, sin garantías y sin ningún tipo de observación electoral, hasta acabar por conculcar todo atisbo de libertad republicana.
El chavismo de Chávez con sus aciertos y tremendos errores, puede haber sido el apadrinador de los tiranos de hoy, pero al menos se sometía a la voluntad popular.
En cambio la boliburguesía corrupta y sin credo que se ha enquistado en el poder tras la muerte de Chávez, tiene muy claro que nunca caerán en ese romanticismo épico del comandante.
«Del poder no nos sacarán jamás y menos por elecciones».
Para ello no solo han destruido todo atisbo de republicanismo en el funcionamiento de las instituciones, sino que han aplicado un método ya probado en la Cuba socialista.
Someter al pueblo, más que por el SEBIN y por la represión, por medio de la escasez, la hiperinflación, el hambre, la enfermedad sin medicamentos, la pobreza, la migración forzada.
Un pueblo que no puede vivir, no puede rebelarse.
A lo largo de la propagandeada «revolución» del socialismo del siglo XXI, solo se ha socializado la miseria.
Los capitostes del régimen, en cambio, han concentrado cada vez más las ganancias de una economía mafiosa y prebendaria.
El sistema productivo ha desaparecido, mediante la expropiación arbitraria, la estatización y la subsiguiente muerte de esos establecimientos.
Venezuela no produce los alimentos esenciales de la dieta nacional.
Y todo su destino está jugado a los ingresos de su factura petrolera, que pagan en buena medida… los Estados Unidos!!
Sí, el imperio ominoso, que supuestamente hace la guerra económica a Venezuela, es quien provee buena parte de los recursos de la maltrecha economía.
Para sustentar el saqueo sistemático de los recursos públicos, la casta diz que bolivariana ha enajenado el territorio nacional a otras potencias emergentes.
Pero ello no es producto de la incorrección política, de alguna imaginaria «insoburdinación fundante», de una tercera posición, noble y valiente, sino de las míseras necesidades de caja del inepto grupúsculo en el poder.
Más de dos millones de venezolanos han tenido que emigrar forzosamente, y esto no puede ser confundido, como algunos personeros académicos del régimen han intentado sostener, con la normal emigración económica asumida a conciencia por personas libres; es el resultado de una crisis humanitaria que ha causado más emigrados que la guerra de Siria.
Quienes hoy denuncian un golpe de estado, supuestamente dado por los miembros de la Asamblea Nacional, sin otra arma que el mar de pueblo reunido en su torno en las callles de Venezuela, no fueron tan sensibles para denunciar las elecciones fraudulentas, la represión, la conculcación de las libertades públicas, la violación de la Constitución que implicó elegir una Asamblea Constituyente por fuera de las vías que ofrecía la norma fundamental hoy vigente, herencia del comandante Chávez.
Quienes hoy defienden a Maduro, supuestamente por principios más nobles (la no intervención, el anti-imperialismo) no parecen igualmente conmovidos por la tragedia de un pueblo que huye, que muere de enfermedad evitable, que debe emigrar con hambre; no parece afectarles el saqueo real y cotidiano de la riqueza venezolana.
Quieren atajar el futuro saqueo que podría hacer el imperio invasor.
Sin embargo, EEUU está en un ciclo de reflujo como potencia interventora.
Regresa, derrotado, de Afganistán.
Sus dirigentes, a diferencia de Maduro, le temen al veredicto popular en elecciones libres y no desean presentarle a la opinión pública nuevas bajas cubiertas por la bandera americana.
Por ello la intervención directa de fuerzas estadounidensese no parece estar en el horizonte previsible.
La acción diplomática no constituye una «intervención extranjera» y el reconocimiento del gobierno a cargo del presidente de la Asamblea Nacional, si bien se escapa de la parsimonia que suele regir el reconcimiento de nuevos gobiernos, responde a una situación de crisis humanitaria fuera de control, que afecta especialmente a los vecinos Brasil y Colombia.
Un juicio ponderado, sensato, responsable, debe llevarnos a exigir lo que buena parte de la comunidad internacional y el pueblo venezolano le piden al gobierno: elecciones libres, limpias, presididas por el espíritu republicano, no un mero trámite para cohonestar el poder del tirano, como las pasadas elecciones.
Qué puede ser mejor para el destino debatido de un país, para las sospechas de ilegitimidad que uno y otro gobierno se atribuyen, que la elección universal, libre, con observación internacional.
El pueblo venezolano podrá así elegir su futuro con autodeterminación y libertad, ajeno a cualquier presión o intromisión extranjera.
Pero está claro, que el régimen tiránico y corrupto solo entiende el lenguaje de la presión política, y si mañana negocia, eso se deberá pura y exclusivamente a la valentía de Guaidó, de la Asamblea Nacional y del pueblo en la calle.
Y esto es lo que ha hecho el pueblo de Venezuela, su Asamblea Nacional y buena parte de los países de la región y de Europa, también los Estados Unidos.
La doctrina Drago rechazaba el cobro compulsivo de deudas, por parte de potencias europeas que bombardearon el puerto de La Guaira en 1902.
La doctrina Calvo reclamaba el seguimiento de las vías juridisccionales, a fin de evitar las presiones políticas derivadas de asuntos particulares.
La doctrina Estrada y toda la tradición política y jurídica mexicana se opone a que el reconocimiento de gobiernos sea empleado como instrumento político, en un sentido u otro.
Este principio, altamente respetable, se orientaba a imdedir la intervención estadounidense en la vida política mexicana.
Por ello es que es esencialmente justa la posición internacional de determinados países europeos, como España, Portugal y Alemania, así como el apoyo de los estados latinoamericanos al reclamo del presidente de la Asamblea Nacional en el sentido de llamar a elecciones.
Quienes respaldamos ese reclamo, no pretendemos reconocer un gobierno con potestades permanentes, que ni siquiera la Asamblea Nacional reclama, sino el rápido y eficaz cumplimiento de una consulta electoral democrática, con plena vigencia de las libertades.
Variados argumentos geopolíticos se emplean para sostener al régimen actual.
Uno de ellos sería la integración latinoamericana y la «diz que» orientación supuestamente popular o nacional del gobierno de Maduro (difícil de creer a la vista del monocultivo petrolero dependiente de EEUU que caracteriza al régimen).
Lo que tal vez colegas y amigos que así opinan no han advertido es que la historia recorre ciclos, que no son abstractamente iguales unos a otros.
Los pueblos latinoamericanos, como parte de la integración que reclaman y de la defensa de la soberanía, exigen hoy también el fin de la corrupción, la vigencia del estado de derecho, el reinado de instituciones republicanass, el fin de los regimenes policiales y de los estados dictatoriales y de excepción.
Integración y soberanía, se llaman hoy, también y más que nunca: democracia, libertades, derechos humanos, poliarquías efectivas.
Los tiranuelos mafiosos y corruptos son incapaces e incompetentes por definición para sostener ningún programa nacional y popular.
A los regímenes liberales extranjerizantes o impopulares, al menos se los derroca en las urnas, a los regimenes corruptos, extranjerizantes e iliberales, como el de Maduro-Cabello-Padrino, se los derrota también en las urnas.
Pero para eso antes hay que llevarlos a las urnas.
Estamos y estaremos, ayer, hoy y siempre contra la intervención extranjera, contra el reconocimiento absusivo de gobiernos con vocación de continuidad.
Pero el reconocimiento del presidente encargado Guaidó no encuadra en esa forma de intervención, ni en ninguna otra.
Expresa, por el contrario, la crisis humanitaria que sufren los venezolanos de carne y hueso, (que tal vez no hayan leído muchos tratados de geopolítica, pero que necesitan la solidaridad cristiana de sus hermanos del continente); trasunta el hastío de la comunidad internacional ante la incompetencia de un régimen tiránico y corrupto.
No impone a los venezolanos una solución de signo político fijo, sino que habilita la resolución de las diferencias civiles libremente y en las urnas.
Por todo esto, en el respeto a la entendible posición mexicana, enraizada en su historia e identidad internacionales (no de la uruguaya, un mero compromiso de circunstancias) y en apoyo a las posiciones del Grupo de Lima y de la Unión Europea, estamos junto al pueblo venezolano y junto a su Asamblea Nacional, en reclamo de instancias de libertad que restablezcan el estado de derecho y la prosperidad y paz del noble y bravo pueblo de Venezuela.

Author: diadmin

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *