Promesas rotas

Por Heraclio Labandera

Hubiese querido creer por un minuto, siquiera, que la Utopía frenteamplista era realizable.
Que con el solo gesto de un Gobierno omnímodo se terminarían los rancheríos urbanos, que ofenden a la naturaleza humana, y que no se vería la indignidad de revolver un contenedor de basura para parar el reclamo de la barriga que ya no espera.
Que en ese segundo desaparecieran los que tienen a la calle por dormitorio, los que deben vivir a la intemperie, debajo de algún puente, improvisando el techo con chapas o con cartón, porque saben que una vivienda digna es algo imposible.
Hubiese querido cree que un Gobierno inspirado en la Utopía frenteamplsta, en ese segundo iba a terminar con el desempleo, con los malos sueldos, con la discriminación de ya no conseguir trabajo porque sos un “viejo de 50 años”, en donde las canas fueran el premio de una vida de trabajo y no el vinagre de una existencia de sacrificios para gente que ahora no llega a fin de mes y que si pueden, tienen que completar la magra billetera haciendo alguna “changa” o trabajando “en negro” para compensar las necesidades del que se ha jubilado.
Y que en ese segundo de Utopía frenteamplista ya no existieran chorros que de lo suyo hacen un “trabajo” y salen a patrullar las calles para delinquir, porque ya no existirían aquellas “condicionantes capitalistas” de injusticia social que los produjo, ni muertos entre los pequeños empresarios que salen a diario a ganarse el pan sin pedirle nada al Estado porque el “mundo feliz” que les prometieron haría innecesario el delito, y no habrían prejuicios sobre los trabajadores asesinados de que esa suerte les tocó “porque en algo malo andarían”, como algún día dijo con cinismo un alto funcionario de la familia dorada.
Hubiese querido creer que en ese segundo desaparecerían los corruptos que vacían las empresas del Estado en nombre de ideas altruistas o de pretensiones mezquinas, sin importar las diferencias, y que cuando los hubiere, la justicia se encargaría de ellos sin que el privilegio de “ser hijo del comisario” o que por usar determinada camiseta los salvara del destino que se merece el resto de los mortales; que las murgas se quedaran sin letra porque todo marcha de maravilla y no por olvido cómplice, o que simplemente el letrista no tuviera que olvidarse de nada.
Hubiese querido creer que en ese segundo ya no habría más deuda externa, y que el odiado “imperialismo yanki” sería ya una mala broma del pasado y no sería una carta en la manga de ningún presidente oriental para cuidarte de las ambiciones de ningún vecino.
Hubiese querido que no necesitáramos al Fondo Monetario Internacional en el Banco Central o en el Banco de Previsión Social.
Hubiese querido creer que los muchachos tuvieran que hacer colas frente a las oportunidades y no frente a las Embajadas para buscar el exilio económico.
Que desaparecerían todas esas cosas injustas del mundo en que crecimos y que serían suplantadas por todas esas promesas de “equidad” que nos traficaron.
Hubiese querido creer por un segundo que con la Utopía frenteamplista, el país no tendría ni viejos odios ni eternas grietas, que se respetarían los Derechos Humanos de todos y no solo de los que protestan, que habría esperanza de un mañana mejor, de un país donde se dijera “buenos días” y no recibiéramos por respuesta un “nos vemos en las urnas” o un descalificativo como “descerebrados”.
Hubiese querido creer que ese segundo todo eso fuese realidad, como prometieron tanto, durante tanto tiempo.
Pero en realidad, ese segundo nunca existió.
Necesitamos de un segundo distinto.
Es por eso se tienen que ir.

Author: diadmin

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