El efecto Rashômon

Por Belmonte de Souza

Hace unos días leía a Daniel, un compañero de la agrupación En Marcha, quien reflexionaba sobre el dicho de que la historia la escriben los ganadores y que eso implicaba, necesariamente, la existencia de “otra” historia u otro relato de la misma.
Pero, ¿cuál de los dos es el veraz? ¿Será uno falso y el otro no, o serán los dos verdaderos o los dos falsos?
Me fue inevitable referirlo inmediatamente al ahora, a nosotros.
A los distintos relatos que tenemos del país los que estamos en la oposición y los otros.
Descarto ya preliminarmente, por tonto, el pensar que esos otros, todos esos otros sean mentirosos, tengan mala fe o quieran engañarnos.
Se de frenteamplistas que sostienen su relato pensándolo cierto.
Que creen que es justo y real.
Y así lo internalizan y viven su realidad.
Y claro está que es inmediato también disparar la pregunta ¿porqué? ¿Cómo es posible que podamos tener percepciones tan distintas del país, de lo que pasa, de cómo y porqué pasa, de la justicia, de la razón, de los valores?
La búsqueda de una respuesta nos lleva en dirección a las percepciones, tan diferentes, tan opuestas.
Representando casi dos universos distintos.
Un pensador norteamericano, Robert Anton Wilson, nos dijo que el mundo de las personas no está gobernado por hechos objetivos ni por la lógica, sino que todos acomodamos nuestras percepciones para que se hagan compatibles con el túnel de visión formado por nuestro sistema de creencias.
Hay quienes aún van más lejos y sostienen que es algo todavía previo al momento de la percepción.
Las sinapsis de nuestro cerebro nos determinan lo que podremos luego percibir o no.
Tenemos una “parcialidad implícita” por haber creado en nuestros aprendizajes, conexiones neuronales que, si bien son pautas culturales, son de aplicación automática por nuestro cerebro.
Pero estos pensamientos y razones de fecha tan reciente no tienen en realidad nada de nuevo.
Ya hace 2.500 años que Buda predicaba: “No creas en nada a menos que coincida con tu propia razón”.
A mitad del siglo pasado, un mes después del Maracanazo, se estrenó una película en el Japón de Hiroshima y Nagasaki.
Poco tiempo después ya era considerada una joya del séptimo arte.
Su director Kurosawa compuso su obra a través de cuatro relatos que narraban un mismo hecho y todos de una manera diferente.
Los cuatro relatos podían ser verdaderos.
Los cuatro, también, podían ser falsos.
Podrían también tener algo de mentira y algo de verdad en cada uno.
El impacto que causó esta película fue tal que dejó su nombre (Rashômon) como el del efecto producido por la subjetividad y la percepción personal a la hora de contar la misma historia o situación, por el que los individuos que cuentan éstas lo hacen de forma diferente, pero de manera tal que cualquiera de las versiones sea razonablemente posible.
En el mundo del derecho, por ej. ha sido útil para explicar y darle un nombre a la discrepancia en el testimonio de testigos presenciales de un hecho.
Sería necesario admitir, entonces, además del relato histórico de los ganadores también el de los perdedores, los neutrales, los ajenos, los que se cambiaron de lado.
Y quizás, solo quizás después de oírlos a todos adquiramos una noción cercana a la verdad.
Claro está que mientras transitábamos estos razonamientos comenzamos a flexibilizarnos y a la vez empezamos a entender que no era desacertado aquel refrán que decía “todo depende del cristal con que se mire”.
Es que podría haber entonces tantos relatos como percepciones hay de los hechos.
Y la frutilla de la torta para volvernos aún más tolerantes a los universos creados por percepciones ajenas o antagónicas la aporta la mecánica cuántica, ya que al parecer la realidad es creada por quien la observa.
Es el observador el que hace que las cosas existan y se definan.
Sin ese observador, la realidad que deja de ser percibida simplemente no existe.
No es.
Pero llegamos así a un punto de inflexión, de tan tolerante y amplio que se volvió nuestro entendimiento hacemos algo así como el “colapso de la función de onda” cuántico.
Y cambiamos, empezamos un proceso inverso.
A acotarnos.
Es que no podemos relativizarnos tanto que aceptemos que lo que está bien o mal dependa solamente de una percepción subjetiva y abriéndole la puerta al efecto Rashômon podamos permitir y tolerar cualquier versión, interpretación y en definitiva cualquier cosa.
Volvemos así a enmarcarnos en los límites de esa realidad que creamos con nuestra percepción, procesada por nuestras conexiones neuronales y pasadas por el túnel de nuestro sistema de creencias.
Y es que, como enseñaba Carrara el hecho de que existan momentos crepusculares donde sea difícil determinar si estamos en el día o la noche, no impide que distingamos con mucha claridad el mediodía de la medianoche.
Lo mismo pasa con la verdad.
Con lo que está bien, lo que está mal y con ciertos valores muy nítidos y arraigados.
Y con la mentira.
Si recordamos las palabras de Zabalza luego del primer gobierno frentista, que decía que el militante o votante de la fuerza política se sentía como un marido engañado, un cornudo.
Porque sabía que su mujer le había sido infiel pero esperaba que en el futuro cambiara.
Lo mismo los votantes.
Sabían que les habían engañado pero abrigaban la esperanza de que, con el tiempo cambiaran.
Recuerdo también las durísimas expresiones de Astori sobre Mujica cuando disputaban la interna.
Fue descalificador, por irresponsable, chanta y su peligrosidad en los manejos de la cosa pública.
Son muchos y variados los ejemplos de críticas de quienes comparten lo que podríamos llamar un mismo universo oficialista de percepciones (hay algunos ya mucho más consternados y paradójicos como el universo alternativo de Constanza).
Entonces empezamos a barruntar que no son tan distintos a nuestras percepciones como parece.
Y nos sorprendimos en la conclusión de que tenemos muchos más puntos de contacto que los que pensábamos.
No deben saltearse las expresiones de quien se define como frenteamplista, cuando estaba por ser expulsado del grupo.
«Definitivamente sí, nos separan principios fundamentales, donde ustedes están parados en la defensa de la dictadura venezolana y de sus violaciones de derechos humanos (torturas, asesinatos, presos políticos) y la defensa de una dictadura arcaica (…). Definitivamente sí, tenemos diferencias irreconciliables en principios fundamentales de derechos humanos y democracia».
«Cuando la verdad no es admitida dentro de una organización, ello significa que su construcción política se está edificando sobre la mentira y la falsedad». (Luis Almagro, dixit).
Resulta claro que podemos compartir el entendimiento de lo obvio, de lo que es bueno o malo, de lo que será útil para el país o no.
Que ese compartir incluye a la enorme generalidad del pueblo, incluso aquellos “otros” del oficialismo y que solo podrá excluir a algún fundamentalista dogmatizado nostálgico del tiempo de la guerra fría.
Es que así como hubiera sido tonto en un principio presuponer que todos los frenteamplistas nos engañan y mienten, también sería una enorme tontería pensar que no hay gente de mala fe.
Que sabe lo que está mal y lo oculta.
Que conoce las corruptelas y las calla como cuando amenazó Sendic diciendo “yo se que cuentas revisar”.
Dirigentes que intentan disimular el fracaso para maquillarse en tiempo electoral.
¿Quién puede negar el número de homicidios?
¿El aumento de rapiñas?
El desastre de la educación, la gestión municipal y la recolección de basura, los miles revisando contenedores, que mis hijas adolescentes planean su vida en otro país, la brutal y desembozada dilapidación de los dineros públicos, la opulencia indiscreta y de mal gusto del Antel Arena, la esclavitud y dependencia generada por como se maneja el MIDES, donde quienes acusaban a otros de clientelismo lo cambiaron por limosnerismo, asegurándose que no salgan de la situación de pobreza para anclar el voto y además convencerlos de que lo hacen por su bien, etc., etc.
Creo, e insisto, que por acá es que debemos presentar lucha.
Hay verdades que de cara lavada, sin maquillaje o sin hacer que la gente mire para otro lado para evadirlas, son tan claras y contundentes como el mediodía.
No hay de percepciones subjetivas que las puedan ignorar o metamorfosear.
Solo debemos mostrarlas, señalarlas.
El sistema de creencias, las conexiones neuronales y la predisposición subjetiva a entender las cosas de cierta manera se reescriben constantemente.
Si libramos la batalla cultural donde debemos e instalamos la verdad las urnas serán solo una consecuencia.
Y se ha hecho imperioso que se vayan ya.

 

Author: diadmin

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