La dignidad que nos levanta del barro

Por Heraclio Labandera

“Lo primero que pensé, fue en ir a pedirle una mano al Pájaro”, me dijo.
Un día, Br. se despierta más solo que nunca en el mundo: sus padres se han separado hace tiempo, hace dos meses que perdió el trabajo y su padrino, con quien vivió durante los últimos años y le dio techo y comida en lo peor del temporal, acaba de fallecer.
El no sabe nada de política, nunca votó a nadie, ni tiene divisa, porque los años que tiene son tan cortos como sus alas para volar, casi desplumadas por las pequeñas tragedias del pibe que -a pesar de todo- no se resigna a la derrota.
Br. tiene 20 años, pero no es de los que baja los brazos, así nomás.
Con los ojos humedecidos por la angustia, me pregunta si conozco España, que le han hablado de que allá hay trabajo y muchos de sus amigos se preparan para volar hacia aquel lejano destino, y lo han invitado a marcharse.
Pero él, que prefiere ir a un baile a Durazno, en vez de visitar el peligroso Montevideo (“si te pasa algo, ahí no sabés para donde disparar”, me dice), se siente parte del lugar donde ha nacido y no lo quiere abandonar.
¡Yo quiero trabajar acá!, me dice con el corazón apretado por la impotencia.
Br. es un pibe guapo, un “todoterreno” que no quiere estancarse en la vida baldeando en una obra, porque sus sueños comienzan con ser diseñador de páginas web.
Pero la cosa está difícil.
Porque Br. es un pibe de los que dice “buenos días” y “buenas tardes” cuando te aborda, que pide permiso cuando entra a algún lugar, que no se queja para trabajar, y por eso debió abandonar cuatro veces el liceo porque las “changas” que consigue son a cualquier hora y eso rompe cualquier rutina escolar.
A veces consigue trabajos formales, con la legalidad que le gusta al régimen de Murro, pero no le hace asco cuando el pan escasea, y se anota en trabajos “en negro” y hace “changas” que dan gotas de oxígeno cuando ya no queda aire para respirar.
Ahora Br. está formalmente desempleado, sin nada fijo, aunque día por medio haga “changas” para poder vivir, esas labores que para la estadística oficial lo ubican entre los trabajadores “ocupados”, porque como reza el dogma, “trabajó al menos una hora remunerada la semana anterior a la encuesta”.
Eso basta para el INE y su rosario sociológico.
Y como no se rinde, con la bronca del pibe rebelde que no quiere ninguna limosna del Mides, sale todos los días a buscar el peso cuando lo más fácil sería pedir alguna tarjeta de ayuda social que lo dejara estancado en lo que él siente como “miseria moral”.
Al Pájaro no lo conoce, no sabe nada de política y no tiene partido, pero a Br, hoy la muerte le ha golpeado la puerta de casa, para llevarse a su padrino.
“Cuando me dí cuenta que quedaba solo, te juro que lo primero que pensé fue en ir a hablar con el Pájaro, para ver si me daba una mano para conseguir trabajo”, fue toda su confesión.
“No sé, nunca lo vi, pero sabía que siempre era una mano dispuesta para ayudar a la gente joven como yo”, agregó.
No quería un trabajo público; solo una oportunidad para poder trabajar.
Br. se armó de valor y sin pensarlo mucho, con un amigo fue hasta su Secretaría, en la Intendencia de Florida, cuando Carlos Enciso estaba por irse de la comuna.
No tuvo suerte porque cayó de sorpresa y la agenda estaba llena.
“Al día siguiente, no me aguanté y esa vez me tiré al agua solo, y volví otra vez para ver si podía hablar con él y plantearle si me podía dar una mano”, agregó.
Esta historia es verídica y me topé con ella la semana pasada, justo en un rapto escolástico del espíritu, cuando me preguntaba por el sentido último de la política.
Esta historia me dejó pensando en esa frase que tantas veces digo con elocuencia filosófica, de la “política de lo pequeño”, y comprendí que para cosas como ésta es que elegimos la trinchera.
Por botijas como éste, hay que dar el combate para cambiar la pisada.
O por historias como ésta es que la Providencia nos puso oídos para escucharla, y al Pájaro le dio esa forma de entender la política como para que un pibe que no lo conoce, que nunca hizo política, y que no le debe nada, lo perciba como la compañía necesaria cuando todo parece que se terminó.
La historia de Br. (cuyo nombre protejo) es verídica, y sin saber quien era, el mismo Br. me la contó la semana pasada.

 

Author: diadmin

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